La Bella y las Bestias PDF Print E-mail
Friday, 20 March 2009 23:24
La calle Lázaro Cárdenas en la Ciudad de México es considerada la frontera no oficial que separa el Centro Histórico de la parte moderna a los alrededores. No muy lejos de ahí, al oeste, el viajante encuentra la ancha y bella avenida Paseo de la Reforma, el Champs-Élysées de la Ciudad de México.

Cerca de ahí, en el área oeste, situados uno al lado del otro, se encuentran el absorbente y perseverante Parque Alameda y el espectacular Palacio de Bellas Artes, todo construido en mármol. En tanto el Palacio permite que visitantes de todos los estilos de vestimenta conozcan sus interiores elegantes, en eventos especiales, como conciertos y obras teatrales, es un lugar más formal. Por el contrario, el Parque Alameda, cerca del corazón palpitante de una gran ciudad, sirve como un fin en sí mismo y como una gran arteria para los transeúntes del centro de la ciudad.

Los lugareños aseguran que todo es posible en la Ciudad de México. Si eso es cierto, entonces se aplica especialmente al Parque Alameda. Todos los días, sus veredas bordeadas de árboles se llenan de vendedores ambulantes, músicos, predicadores, amantes y observadores. Hay muchos artesanos vendiendo sus pinturas coloridas, grabados y artesanías. Aquí se encuentra comida de todo tipo, así como CD de música y DVD de las últimas películas muy baratos, si no piratas. La gente vende de todo aquí, en algunos casos, hasta a sí mismos. Si busca escuchar, comer, comprar, deambular o tener sexo, el Parque Alameda lo tiene todo a buen precio o, incluso, gratis.

Del otro lado de la calle Lázaro Cárdenas está el Centro Histórico, un lugar masivo, ajetreado y, para los novatos, intimidante. Existen más de 20 millones de personas en la Ciudad de México y, si usted visita el Centro Histórico un sábado por la tarde, seguramente se topará con la mayoría de ellas. El Zócalo, o plaza central, es la segunda plaza más grande del mundo, sólo después de la Plaza Roja de Moscú. Rodeado de catedrales y edificios antiguos donde se albergan las oficinas del gobierno mexicano, el Zócalo es el hogar de muchos eventos culturales, festivales de luces, protestas y conciertos. Cada Navidad, la ciudad construye la pista de patinaje sobre hielo más grande del mundo, incluidos tablones de hockey y todo. Una vuelta alrededor de la circunferencia de la pista, puede llevarle casi todo un día. Cuando se vacía la superficie para efectos de limpieza, parece una pista de aterrizaje de aeropuerto. Cuando abre sus puertas y el público se abalanza dentro de ella, uno pensaría que hubiera sido mejor duplicar su tamaño para que quepan los miles de patinadores de todos los niveles que han venido a disfrutar del hielo debajo de sus patines y del sol arriba de sus cabezas.

Pero el Centro Histórico es más que el gran Zócalo. Alguna vez fue el hogar de una buena parte de la civilización Azteca y, aunque actualmente no se ven más ritos de sacrificios humanos, los visitantes quedan maravillados con la majestuosidad y la obsesionante belleza de las ruinas. También permanece mucha de la arquitectura de los tiempos de los no tan benevolentes conquistadores españoles. La influencia española, aunque hace muchos años ya de la independencia, se encuentra por doquier, desde la lengua, hasta los edificios y la religión.

El Centro es también un centro masivo de comercio y alimentos al aire libre. Es un bazar enorme, lleno de todo lo que la gente desee comprar, hasta de cosas inimaginables. Sus largas calles están llenas de tiendas de todo tipo, agrupadas por sectores. Quienes quieren adquirir instrumentos musicales encontrarán calles llenas de tiendas sólo de éste género. Lo mismo sucede con quienes buscan refacciones de autos o ropa o equipo de cómputo. Es posible recorrer cuadras y cuadras e ir de una tienda a otra, donde se encuentran los artículos específicos del tipo que se busca.

La competencia comercial es dura. Aunque sea su primera visita a la Ciudad de México, pronto notará que mucha gente lo conoce. Todos los vendedores son sus amigos, y así lo llamarán. Aunque usted sea el tipo más desdichado y despiadado en su país de origen, en México, y en especial en el Centro Histórico, se encontrará con nuevos amigos que no dejarán de saludarlo.

México cuenta con una clase media que está en constante crecimiento y se encuentra en mejores condiciones que muchos de sus vecinos de América Latina. Su pobreza no llega a los niveles tan bajos que se encuentran en muchas partes de Ãfrica y Asia. Pero la riqueza se encuentra concentrada en las manos de muy pocos. Existen algunas redes de seguridad social, pero la supervivencia de los mexicanos en lo individual depende en su mayoría de sí mismos. Algunos cuentan con buenos trabajos, algunos otros tienen trabajo y el resto debe buscar distintas formas de subsistencia. Normalmente, esto significa que se convierten en propietarios de pequeños comercios. Pero no son comercios que cuentan con empleados que buscan ventajas fiscales, sino que son familias con tiendas, chozas y puestos que buscan ganar a duras penas lo mínimo para subsistir un día más. No existe seguro de desempleo como lo hay en otros países occidentales. En lugar de dinero, el gobierno ofrece espacios, lugares en parques, pequeños pedazos de banqueta, casetas dentro de una fila de casetas, de manera que la gente pueda ofrecer su mercancía o sus servicios, existir y ser una carga menos pesada para el Estado.

En el Centro, en medio de la cacofonía, el gran espectro de colores, los múltiples aromas, la aglomeración de seres humanos, el intenso asalto sobre los sentidos, yace la Calle Venustiano Carranza. En intersección con Lázaro Cárdenas, a diez minutos a pie de Bellas Artes, es una calle compuesta casi en su totalidad de tiendas de artículos deportivos. Al ir de una tienda a otra, cuesta trabajo no darse cuenta de que muchas de ellas ostentan el mismo nombre: Martí. Nadie entona la canción de Guantánamo, pues esto es México, no Cuba, pero si lo que busca con artículos deportivos, este es el lugar correcto.

Alejandro Martí es el dueño de la mayoría de estas tiendas sobre la calle Venustiano Carranza y de muchas más alrededor de la República. Si usted desea jugar al beisbol, existe una tienda dedicada a ese deporte tan popular; si desea practicar el box, no le será difícil encontrar un par de guantes; si busca equipo para jugar futbol, no necesita buscar más. Si quiere adquirir ropa deportiva, puede comprarla aquí hasta que se le acabe el dinero. No importa lo que busque -practicar un deporte o hacer como que lo practica- no necesita más que recorrer la calle Venustiano Carranza. Alejandro Martí lo tiene todo.

Todo, excepto un hijo.

Alejandro Martí tenía un hijo. Un hijo brillante, bien parecido, lleno de energía y enamorado de la vida. Fernando Martí adoraba practicar el esquí acuático sobre una tabla, el futbol, participar en competencias e incluso tenía su propio grupo musical. Dada la riqueza y el amor de su padre, Fernando Martí lo tenía casi todo. Vivía una vida privilegiada en comparación a la mayoría de los jóvenes de su edad, aunque su deseo más grande era ser uno más de ellos. Las fotografías de sus ojos llenos de vida, su rostro contento no necesariamente dicen más que el instante de ese momento. Aún así, podríamos asegurar que era un joven feliz, atlético, curioso y listo para enfrentar la vida. Pero también era un blanco.

El lado oscuro de México es la corrupción -en todos los niveles. En un país de grandes contrastes en la distribución de la riqueza, aquéllos que la tienen pueden acumular aún más si comparten un poco y la ven crecer. Aquéllos que no la tienen, pero que están en una posición en la que pueden incrementar su haber, voluntaria o desesperadamente aceptan lo que pueden.

En los últimos años, situación recientemente exacerbada por la batalla mortal que se libra por el control del flujo de drogas hacia los EEUU y Canadá, un grupo de personas nada agradable se ha dedicado al secuestro de ricos y no tan ricos, o de sus familiares. El secuestro se ha convertido en una industria muy bien organizada en México. El dinero proveniente de esta actividad, les permite a estas personas evitar las duras vidas de sus vecinos o comprar las drogas que venderán en el mercado lucrativo que se encuentra al otro lado del Río Grande o comprar las más sofisticadas armas de los grandes traficantes de armas al norte del continente.

Como muchos mexicanos, no todos ellos ricos, Alejandro Martí sabía que su hijo era un blanco. Así, tomó muchas precauciones para mantenerlo a salvo. Cada día, Fernando iba a la escuela en un auto blindado con chofer. Sentado al lado del chofer, iba un guardaespaldas armado. Todos los días, variaban la ruta para evitar la predictibilidad que hubiera facilitado una emboscada.

La estrategia funcionó bien hasta el día en que no fue así. El 4 de junio de 2008, el auto fue detenido por la policía. Al tiempo que los ocupantes esperaban ansiosos poder seguir su camino, los policías se acercaron al vehículo para explicar el problema. Como quedó demostrado, los policías eran el problema. Atacaron el vehículo, estrangulando al guardaespaldas y secuestrando tanto al chofer, quien después fue sometido a torturas y asesinado, como al joven Fernando Martí.

Tomando en cuenta la gran fortuna de Alejandro Martí, el monto del rescate era muy alto. Con razones para sospechar de la policía, Martí contrató a un asesor privado y el dinero se pagó de acuerdo a las instrucciones de los secuestradores. Sin hacer mención pública alguna en ese momento por miedo a que se involucrara la policía y después de esperar casi dos meses una respuesta, en agosto de 2008, Martí se acercó a los medios de comunicación. Por ese conducto, rogó a los secuestradores que le devolvieran a su hijo y ofreció pagar más por su rescate. Como cualquier padre amoroso, hubiera dado lo que fuera por tener a su hijo de regreso. Tristemente, fue una súplica en vano. Se encontró el cuerpo de Fernando, atravesado por una bala, en la cajuela de un auto en la misma colonia de la Ciudad de México donde Leon Trostky vio su trágico final en 1940.

El guardaespaldas, quien se creía estaba muerto, de alguna manera sobrevivió y pudo más tarde identificar a los homicidas. Dos de los tres arrestados dentro del proceso de investigación eran policías, uno de ellos mujer.

No se sabe a ciencia cierta por qué asesinaron al joven. Probablemente el dinero no llegó a las manos correctas; tal vez los secuestradores temían que los pudiera identificar. Lo más seguro es que estas personas son bárbaros sin remordimientos que no sienten empatía alguna, y que no tienen reparo en secuestrar y asesinar inocentes, incluidos los niños.

Casi todas las tardes, cerca del parque en el centro de la Ciudad de México, una señora de mediana edad empuja un carrito grande y pesado cargado de ollas llenas de agua, mazorcas y varias otras provisiones. Para cuando llega a su espacio, lleva ya más de un kilómetro empujando su carrito, cuesta arriba y abajo, sobre pavimento rugoso, siempre pendiente de los conductores impacientes y agresivos de la ciudad. Lleva repitiendo esta tarea por muchos años, como un Sisifus comercial, por lo que sus brazos son ya del tamaño de unos cañones, no tan lisos y brillantes, pero igual de poderosos. No hay un reo de Petaluma que pueda ganarle.

Durante las siguientes cuatro horas, esta mujer se parará detrás de su carrito, el cual se convierte en una tienda de tres paredes cuando llueve, y vende elotes o esquites, granos de elote hervidos o cocinados que se sirven en un vasito. Se pueden servir ya sea con mayonesa, queso, chile piquín o jugo de limón. En un buen día, puede llegar a ganar hasta setenta y cinco dólares de los cuales debe descontar el costo de los elotes, las provisiones del carrito y su almacenaje. Cuando termina su jornada, la señora comienza su camino de regreso con su carrito, algunas veces en condiciones climáticas difíciles –pero al menos el carrito pesa menos sin el agua y los elotes. Metiendo su carrito en el almacén donde lo guarda todas las noches, esta mujer comienza su viaje de hora y media de regreso a su casa en metro y autobús. Por la mañana, comienza de nuevo la preparación y la rutina.

En raras ocasiones, su hija se aparece y le ayuda por un rato. Una bella joven de edad universitaria que burbujea de entusiasmo como el agua de hervir los elotes. Parece tan feliz y llena de vida. Probablemente no llegará a conocer el Louvre o San Pablo o Times Square. Si tiene suerte, no llegará ni a Ciudad Juárez. Pero tampoco es probable que acabe ganándose la vida empujando un carrito de elotes. Su madre con gran determinación y esfuerzo le ha dado la oportunidad de vivir una vida menos gravosa.

El poeta español Federico García Lorca describió a sus compañeros de la Guerra Civil española como de “ojos tristes, infinitos, como los de una bestia de carga recién nacidaâ€. Aquí se ven esos ojos. Se ven por toda la ciudad, a lo largo de América Latina, Ãfrica y Asia, en todos aquéllos lugares donde la realidad más común en la vida diaria es la pobreza opresiva, exacerbada y dura.

Entre su majestuosidad y su contaminación, su riqueza y su pobreza, su gran masa de seres humanos, la mayoría de los mexicanos sortean una forma de vida dura, honesta, de la forma que pueden. Si logras sobrevivir ahí, lograrás sobrevivir donde sea.

Miles de hombres se ganan la vida con puestos de pulido de zapatos. Si usted está en la Ciudad de México y no tiene sus zapatos encerados como militar, no es por falta de opciones. Niños de cinco y seis años visten trajes de payaso con grandes globos inflados en sus traseros para hacerlos parecer enormes y hasta graciosos. Cuando el semáforo se pone en rojo, ya sea actuando por su cuenta o sobre una pirámide humana para que los conductores aprecien mejor su actuación, llevan a cabo un espectáculo corto antes de caminar entre los coches buscando las monedas que las personas les dan. Al tiempo que el tránsito vuelve a avanzar, esperan estoicamente en la banqueta hasta que la siguiente luz roja les marque el comienzo de un nuevo turno.

La Ciudad de México es un destino importante y glorioso. Es uno de esos lugares que deben visitarse al menos una vez en la vida, no como una especie de obligación religiosa estúpida, sino como una experiencia de lo posible y lo imposible, lo mágico y lo obsceno.

Es una ciudad dura, en la que uno se puede sentir solo entre millones de personas, pero en la que se ven innumerables demostraciones de empatía y generosidad, donde muchas personas que no tienen mucho tratan de ver por aquéllas que tienen menos. Es un lugar noble donde puede aprenderse mucho sobre generosidad.

Es un mundo donde los jóvenes visten trajes de payaso y actúan por dinero, donde mujeres cansadas empujan carritos pesados por largas distancias y donde algunos, los cobardes del país, se entretienen asesinando niños de 14 años para deporte.

Copyright © 2009 Paul Heno




 

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